¿En qué te puedo ayudar?

¿En qué te puedo ayudar?

De visita por San Francisco lo que más me ha impactado ha sido, más que Haight-Ashbury o Muir Woods, la empatía de las personas de la calle

Si ahora estoy practicando la escritura desde Alicante, hace unas semanas me ejercitaba, con caminatas con Elena, por San Francisco. Calle arriba, calle abajo, nos atrapó el rollo de Haight-Ashbury, el encanto del Golden Gate Park y Muir Woods, el bosque de impresionantes secuellas. La semana se hizo corta y me volví con la sensación de habernos detenido poco. Pero, precisamente, la magia nos alcanzó en esos precisos instantes que nos paramos en medio de Cole Street o Liberty Street. No nos ocurrió una ni dos, fueron cinco las veces que, al estar perdidos y sin demasiada energía, se nos apareció un alma cercana saludándonos en términos similares: “Hi. How I can help?” (¿En que te puedo ayudar?). No nos pilló por sorpresa, porque hace un par de años encontramos un teatro en Broadway gracias a una mujer que se detuvo en seco al vernos correr desesperados. Sin embargo, las experiencias vividas en la ciudad californiana no tienen parangón. En concreto, la de un chaval de unos 30 años que se acercó a nosotros en una parada de bus y con el que, después de indicarnos donde debíamos bajarnos, estuvimos charlando un buen rato de España, de la que conocía Granada y Madrid. El último día, dentro del Golden Gate Park, nos sorprendió como una pareja de policías se acercó a un numeroso grupo de vagabundos con un saludo afectuoso.

Pues bien, eso hizo replantearme mi predisposición ante los forasteros de mi ciudad. Yo jamás me he acercado a nadie a decirle, ¿buscas algo? Tampoco soy un ogro, ¿eh? Cuando me han pedido ayuda, la he servido gustosamente. Pero, a partir de ahora, voy a estar más atento a lo que sucede a mi alrededor que a la canción de Spotify. Así le echo un cable al que quiere conocer lo que yo ya conozco (o no). Puede haber rincones que visitar. Y digo más. No es solo ser un buen ciudadano, sino ser un buen hijo, un buen hermano, un buen amigo y una buena pareja. ¿Y cómo serlo? Mirando al otro sin prejuicios, sin saber por adelantado lo que es y lo que quiere. Soy el primero que he actuado así.

Mientras más nos introducimos en la vida moderna, no sólo en tiempo, sino geográficamente, viviendo en sus grandes urbes, que se han vuelto automatizadas junglas, más nos vamos aislando. De forma dramática, vamos perdiendo toda sensibilidad acerca de aquellos que nos rodean, e incluso llegando también a crear barreras con nuestra propia familia, amigos o pareja. La empatía es la capacidad de sentir lo que siente el otro, poder ponernos realmente en su piel y tratar de entenderlo, acercándonos a su visión.

¿Qué significa empatía?

Aunque la empatía, como concepto, es una idea relativamente nueva que lleva poco más de un siglo discutiéndose, en realidad su puesta en práctica es algo tan arraigado como lo son las relaciones sociales.

En la Península de Yucatán, la Cultura Maya, siglos antes de la conquista de América, desarrollaba algunas ilustrativas dinámicas de empatía para niños, a partir de un ejercicio que se denominaba ‘IN LAK’ ECH A LAK’ EN’, algo así como “Tu eres yo, yo soy tu”. Situaban, frente a frente, a dos pequeños de la misma edad. Una vez en esta posición, les pedían que intentaran imaginar que ellos eran el otro. Es decir, que las manos, la cara, los ojos que estaban viendo, eran los suyos. Con la idea clara, les preguntaban: “¿Le harías daño?” Imagina la respuesta.

Otra dinámica para niños, dentro del mismo ejercicio, consistía en llevar a los pequeños hacia el interior de un campo de maíz y, una vez dentro, se les explicaba la idea de que las semillas de la planta, eran fruto de la sinergia entre tierra, agua, luz y viento. Que en el momento de consumirla y llevarla al interior de nuestro cuerpo, estábamos pasando una pequeña parte de cada uno de estos elementos, tratando de fomentar una visión de respeto integral para cada proceso de la vida.

Si, en nuestros tiempos, sentir empatía por un amigo no es seguro, hacerlo por un desconocido resulta de una rareza extraordinaria. Y eso que vivimos en la época de “mayor conexión” mundial. Paradojicamente, la misma tecnología que nos posibilita hablar al segundo con alguien que se encuentra a miles de kilómetros de distancia, nos embruja para consumirla, sin cesar, delante de nuestra famila. Sin duda, hablamos de una de las causas de que el mundo se siga deteriorando. Nuestra desconexión.

Algo más poderoso de lo que imaginas

La empatía, es también una cualidad extremadamente poderosa. Un caso muy descriptivo es el origen del Síndrome de Estocolmo. Cuento, de forma breve, su historia. Fue un intento de asalto a un banco de esta gélida ciudad, allá por 1973. La situación derivó en una toma de rehenes. No obstante, en pocos minutos, el asaltante logró generar tal buen rollo con las víctimas, que éstas se compadecieron de él y comenzaron a realizar acciones para protegerlo. Incluso, una de las secuestradas declaró que tenía más miedo de la policía que del ladrón. Un año después ocurrió un suceso que dio la vuelta al mundo. Cuando la nieta de un poderoso magnate se unió a sus secuestradores, un grupo de guerrilleros de California, con quienes intentó realizar un asalto a un banco. Salió mal y, de forma legal, se intentó aludir al famoso Síndrome de Estocolmo, algo que desde luego, no tenía peso jurídico alguno, pero que así comenzó a hacerse famoso este concepto.

Cuando verdaderamente logramos entender al otro, ver al mundo desde su visión, tratando de comprender su historia, podemos llegar a abrazarla con vehemencia. Si quieres ser comprendido, empiezas a ofrecerla tú. Te sorprenderán los canales de comunicación que puedes llegar a abrir.

Cómo ser una mejor persona (empática)

Considera dedicar plenamente la atención para quien te intenta expresar algo. A veces nuestra pareja se acerca y empieza a hablarnos. ¿La escuchamos normalmente? ¿Cuántas veces seguimos pendientes del televisor y del móvil? Después nos lamentamos de que la relación no va a ningún lado, que no le vemos solución, que no somos capaces de hablar. Si fuera tú, antes de nada, me cuestionaría: ¿Estoy dando lo mejor de mí? Si esta frase la tuvieran presente políticos del gobierno español y del catalán, sabiendo que representan a millones de personas, otro gallo cantaría. Mientras que no ocurra, y cada uno mire por su ego e intereses, no habrá una solución ecológica. No hay soluciones mágicas. Solo es ser más humano. A dónde hemos llegado.

Si cuando alguien te habla, no le dedicas plena atención, te perderás esos detalles que, muchas veces, son lo verdaderamente sustancial del mensaje. La comunicación no verbal es otro factor clave que muchas veces perdemos de vista. Desde los movimientos corporales, la expresión facial, hasta la mirada, pueden darnos elementos comunicativos importantes, para comprender lo que está sintiendo la otra persona.

Ser una persona empática es una poderosa forma de unirte a los seres amados, y esto por sí mismo, es ya una fuerte justificación de la importancia de la empatía.

Un polémico y poderoso ejemplo lo tenemos con el famoso experimento de la maestra Jane Elliot, quien a partir de la muerte de Martin Luther King, se decidió a realizar una interesante prueba con sus alumnos de tercer grado, a los cuales grabó en vídeo durante días. Jane dividió a sus alumnos (todos blancos), entre quienes habían explicado con desagrado su percepción de los negros, y les pidió que se separaran por los colores de ojos (azules y marrones). Prosiguió diciéndoles que “científicamente” se había descubierto que los niños de ojos azules eran más tontos y lentos. Esto generó motivación y unión en los chavales de color marrón, quienes se empezaron a burlar sin límite de los de ojos azules. ¿Las consecuencias? La inseguridad y la desunión cayeron sobre los tildados de “tontos”, haciendo que chavales inteligentes fallaran en ejercicios sencillos. A la semana siguiente, los papeles cambiaron. Jane les confesó que, en realidad, los de ojos marrones eran menos hábiles y listos que los de ojos azules. Curiosa fue la reacción: estos últimos no adoptaron ninguna postura vengativa y se comportaron de forma humilde. Es decir, al llegar a sentirse por momentos como parte discriminada, comprobaron en primera persona esa sensación, la cual fue tan desagradable que no quisieron hacérsela sentir a sus compañeros. La maestra aclaró los motivos del experimento para que los niños dejaran de ver con prejuicios a los negros y tuvieran una mente más abierta. Esto llegó a generar críticas por tratarse de menores y un tema de racismo, pero parece ser que el agradecimiento de los alumnos es eterno.

Casos como estos los vivimos en todos los lugares. En Barcelona se produjo un desgraciado ataque terrorista a finales de agosto en el que murieron 16 personas. España quedó en estado de shock por la dureza del hecho y la falta de costumbre, que gobierna a un país ajeno a lo que sucede en otra orilla del Mediterráneo. Como, por ejemplo, en Libia, donde Óscar Camps, fundador de Proactiva Open Arms, asegura (a Buenafuente) que mueren varias decenas de personas en el mar a diario en busca de una oportunidad en otro país porque el suyo está inmerso en una guerra. Es cierto que es otro nivel de empatía. Que no depende de uno que la Unión Europea quite las cortapisas a las ONGs que evitan que mueran todos ahogados. Lo que sí está en nuestra manos, en nuestra parcela, es no considerar a todos los marroquíes y argelinos peligrosos, verlos como a nosotros, aunque hablen, vistan y parezcan diferentes.

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