Los otros

Los otros

Da la impresión al observar a los chavales con estilo swagger que tienen más oportunidades de confundirse porque hay muchas distracciones en el ambiente (digital). Encontrar aquello que les llene tiene que ver con la educación o con un mentor que inspire. Hasta entonces, enfocan parte de su existencia a llamar la atención, a hacer una actuación ilimitada de narcisismo. Que ni la vergüenza ni el pudor son opciones en el mundo virtual, de un voraz y rápido consumo, donde además los motivos tienden a la superficialidad. Solo hay que darse una vuelta por Instragram. Los adolescentes muestran selfies con una estética molona. Lucir cabellos de todos los colores me parece un acto de libertad para romper esquemas. ¿Quién puede asignar que algo está bien o mal? Otro tema es buscar ser la sensación en la red como prioridad. El mensaje de la chica, protagonista en el vídeo del Club Famee de Barcelona, resulta clarividente: “Mucha gente quiere hacerse una foto contigo, cuando tienes más de 5.000 amigos, solo para ganar ‘me gustas’”.

Tras escucharlo, me ha venido a la memoria un capítulo de Black Mirror, en el que la mayoría de las personas son autómatas, más preocupadas por ser calificadas (guay, soso o aburrido) con tres estrellas en una app que ocupadas en ampliar sus inquietudes. Ya las apps especializadas en amor marchan en esa línea. Al ritmo que vamos es posible que la realidad iguale la ficción. El emprendedor Xavier Verdaguer, en el programa Economia en colors de TV3, declaró lo siguiente: “En Silicon Valley se empieza a demandar filósofos. Va a ver gente que enseñe a ser feliz en un mundo que, cada vez, será menos humano, más dirigido a las máquinas”.

Esto me lleva a discernir que etiquetamos y condenamos a los jóvenes swaggers, como a los inmigrantes, por no entender su actitud en un determinado contexto. ¿Los conocemos en profundidad? Vemos hasta su fachada, la región visible para el público. Se visten con un rol porque como seres sociales quieren pertenecer a un grupo y éste tiene sus características. Igual que el ejecutivo luce corbata, viste ceñido, se mueve erguido y se comunica con un lenguaje formal, el swagger no sale sin su gorra, porta sudaderas anchas, camina como un rapero y habla con un lenguaje informal. ¿Qué es lo correcto? Los estigmas nos han marcado pautas que es necesario cuestionar. Igual que la Iglesia era un referente social masivo y ya no lo es tanto, las identidades deberían ser libres sin que impusiéramos fronteras.

Al final, todos tenemos borrones, somos imperfectos. Entiendo que tendemos a agruparnos con gente configurada como nosotros. Por eso, asumimos un papel que casa con las formas de actuar de “nuestros iguales” y así los convertimos en rutina, en una forma de vida. ¿Cómo convivir mejor con el diferente? Lo inteligente sería cuestionarse, pedir perdón y rectificar cuando uno se equivoca. También, desarrollar la empatía para aceptar las diferencias del otro.

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