¿Quién soy? Pablo Esquivel. ¿Y?

¿Quién soy? Pablo Esquivel. ¿Y?

Saber, ¿quién soy? Mas allá de saber que me llamo Pablo Esquivel, es una de las preguntas que más me resuenan desde hace unos meses. Me la he planteado yo, se la he escuchado a gente querida y se me aparece en periódicos, twitter. Quizá sea como cuando estás esperando a que nazca un niño y tu día se llena de imágenes de ellos. Desde bien pequeño me ha generado curiosidad e incertidumbre (e inquietud) conocerme. Seguramente, desde otro ángulo, con menos conocimiento. La mente se poblaba de interrogantes (¿Por qué me afecta esto? ¿Por qué estoy estresado? ¿Por qué no me entiendo con él? ¿Qué quiero?”). Difícilmente me quedaba tranquilo con las respuestas.

De hecho, viví indefinido hasta los 30. No sabía lo que quería, me costaba ilusionarme. Y no sabía qué hacer. Por el año 2011 vivía en Barcelona con mi novia de entonces. Aquella etapa fue clave. Yo había salido de mi zona de confort un año antes. Me había ido de mi ciudad, Alicante, alejándome de mi familia y dejando un trabajo seguro. El cuerpo me lo pedía. Claro que la realidad que experimenté en la Ciudad Condal no fue de colores. Conocí a mucha gente interesante y Cataluña me caló hondo.

Allí me encontré a mi mismo, al Pablo Esquivel que había estado funcionando de una manera muy limitada en Alicante. Inseguridad por los cuatro costados al pisar la calle y buscarme la vida, al estar en pareja… Tomé la decisión de dejar Barcelona y a mi ex cuando definí un poco lo que quería. Si aquella época, que duró 3 años, está aceptada y superada fue gracias al amor de mi familia, a la magia de la PNL y las destrezas de Elena y Allan. A BCN he ido regresando para desarrollarme y para visitar a personas fantásticas, como Mónica y Sergio, que con su generosidad, sabiduría y amor me han ganado para siempre.

 

By Elena Camarasa

 

Saber, ¿quién soy? ¿Actuaría igual si empezara una aventura en otra ciudad? No soy el mismo. De hecho, no fui el mismo al nacer que el que luego tuvo 5, 15 o 25 años. Tampoco ahora a los 35. Soy más consciente de quién soy y eso me hace sentirme más libre. ¿Cómo? Principalmente, siendo honesto conmigo mismo. Es decir, pensar, sentir y actuar en congruencia con mis valores. Estoy lejos de ser perfecto, ni quiero serlo. Una de las lecciones que me resulta más liberadora es aceptarse como somos en la alegría, la tristeza, la pobreza y la rabia. A veces me veo guapo y otras veces me veo feo. Pues con el resto es igual. Puedo ser generoso y ser egoísta, aunque me esfuerce por alimentar lo primero. Lo jodido es verse. Quererse en el aburrimiento, en el silencio… Me da a mí que ahí empiezas a descubrir otras cosas de ti y de los demás.

Saber, ¿quién soy? Hay semanas que me sale la tortilla del revés. Voy tomando nota, aceptando y aprendiendo. Realmente, los hábitos no sé si se aprenden en 21 días o en 66. Seguramente, más cerca del segundo, porque funcionar durante años de una determinada forma no se sustituye en un abrir y cerrar de ojos. Hay que ser consciente, disciplinado e incansable. Yo intento poner en práctica aquello que me seduce y me motiva. Eso no quiere decir que siempre lo lleve a cabo pero se va a ir imponiendo, poco a poco, seguro. Esto me pasa con la meditación, uno de los grandes descubrimientos de los últimos tiempos. Sin duda, el mejor maestro. ¿Quién sabe verse y escucharse durante 45 minutos seguidos? Estar en silencio, comprobar que hay días que eres incapaz de dejar pasar los pensamientos y otros como fluye la mente, como se centra. Es increíble. Ahí es cuando compruebas el poder que dispones, cuando descubres que si tu energía cambia, todo cambia. Tu realidad es otra.

Saber, ¿quién soy? Es un camino de vida para unos más largo que para otros. Ahora bien, largo es, ya que la profundidad no se alcanza sin enterarte. Otra cosa es ir cosechado pequeños logros. En este sentido, quién es capaz de sentirse único es capaz de sentirse valioso (algo único es importante y a la vez especial). Así podríamos vernos en el mundo Occidental. Sin embargo, el ritmo de vida que llevamos en las ciudades nos conduce a ignorarnos o saludarnos de soslayo. Es verdad que en los pueblos o en el campo la cosa cambia. Sales a andar o a montar en bici entre árboles y se genera una conexión interpersonal mágica. Lo natural es saludarse de paso. Curiosamente, hay un poblado en el norte de Natal en Sudáfrica, donde cuando se encuentran dos paisanos, se detienen, se colocan uno frente al otro y pronuncian «Sawubona«. Simplemente, «te veo”. Estas palabras, sumado a la energía que provoca la mirada, hace que las personas se sientan vistas, aceptadas y, por lo tanto, reconfortadas y queridas. Se llenan de buena vibra. Tan sencillo como vergonzante, si lo haces por una calla de Alicante.

Saber, ¿quién soy? En nuestro continente es más complicado, pese a ser más desarrollados supuestamente, porque estamos rodeados de multitud de estímulos. Estamos más pendientes del iPhone que de escuchar lo que nos dicta el corazón, por no mentar a la compañera de mesa. Si es así, ¿cómo vamos a atender a nuestra pareja? Meditación o hacer yoga son dos prácticas que nos guían al centro, nos alejan del estrés, «nos hacen sentirnos de puta madre», vamos, como diría Allan Santos. Con esta sensación, la vida se va abriendo paso de forma fluida. Tomas decisiones sin tanto esfuerzo ni remordimiento. No hay cuestionamiento. No hay tanta inseguridad. El término “tanta» desaparece conforme practicas. Por ejemplo, hace años se me hacía el Tourmalet cuando chocaba con cínicos. Me bloqueaba. Veía la mala leche a distancia pero mi atención quedaba presa en la mala onda. Sigo siendo sensible a ello aunque ahora, muchas veces, he adquirido habilidades para anticiparme o para verlo desde otra perspectiva. En vez de pensar, «qué tío más impresentable, me piro”, suelo discurrir “que no sea tu amigo no quiere decir que no puedas estar con él dos horas”. Claro que si puedo elegir compañía, la historia es otra.

Saber, ¿quién soy? Entiendes mucho de ti cuando viajas al pasado. A las películas que has montado en tu cabeza de todos los tipos: dramas, cómicas… ¿Quién se acuerda de este tiempo? Supongamos que la realidad puede ser blanca, gris o negra. ¿De qué depende los colores que elijas? En gran medida, de tu experiencia, por tu entorno, por tu familia… Por ejemplo, Lucía tiene 31 años y siempre que tiene a un perro a menos de 5 metros de distancia le cambia la cara. Parece que está en la casa de los horrores. Mi pregunta es: ¿Es que nació con ese miedo? No. Seguramente, tuviera una experiencia, cuando era pequeña, con un can y ella lo vivió con sufrimiento. Sin embargo, ella no se acuerda de esa experiencia que pudo vivir con 2 años y que le ha condicionado hasta los 31. ¿Eso quiere decir que el perro fue violento con Lucía? Que ella actúe así no quiere decir que le mordiera uno. Quizá el perro quiso jugar pero se abalanzó demasiado y se agobió. Esa reacción grabó tensión en el cuerpo. Entonces, su cuerpo le representa la misma sensación cada vez que ve uno. Y así funcionamos con casi todo. Sabiendo esto y viendo cómo está el mundo, con divorcios, guerras, crisis laborales, económicas… Conflictos de toda índole.

Saber, ¿quién soy? ¿Cómo es posible que sea más relevante en la escuela enseñar a saber restar que animar a los chavales a que miren a los ojos de los compañeros cada mañana antes de saludarse? «Es loco el tema porque en qué punto del camino nos hemos perdido y hemos aceptado como verdad un sistema de ver la vida que elude la vida“, reflexiona Sergi Torres.

Saber, ¿quién soy? Como decía el sabio Carles Capdevila: «Me han dicho que no era suficiente hijo de puta para ser director de un diario, pero prefiero ser ingenuo que cínico”. También declaró en otra ocasión: “Hemos venido aquí, aunque lo disimulamos demasiado bien, a amar y ser amados, y por tanto, a cuidarnos. Y que el cuidado de las personas es la tarea más importante del mundo, y la menos valorada.”

Saber, ¿quién soy? Algo más sé que hace 5 años. En ello sigo.

 

Fábula de Antony de Mello:

Una mujer estaba agonizando. De pronto, tuvo la sensación de que era llevada al cielo y presentada ante el tribunal.

A) ¿Quién eres? Dijo una voz.

B) Soy la mujer del alcalde.

A) Te he preguntado quién eres, no con quién estas casada.

B) Soy la madre de 4 hijos.

A) Te he preguntado quién eres, no cuantos hijos tienes.

B) Soy una maestra de escuela.

A) Te he preguntado quién eres, no cual es tú profesión. Y así sucesivamente. Respondiera lo que respondiera, no parecía poder dar una respuesta satisfactoria a la pregunta ¿quién eres?.

B) Soy una cristiana

A) Te he preguntado quién eres, no cual es tú religión.

B) Soy una persona que iba todos los días a la iglesia y ayudaba a los pobres y necesitados.

A) Te he preguntado quién eres, no lo que hacías. Evidentemente no consiguió pasar el examen, porque fue enviada de nuevo a la tierra. Cuando se recuperó de su enfermedad, tomó la determinación de averiguar quién era. Y todo fue diferente.

Tú obligación es ser. No ser un personaje, ni ser un don nadie, porque ahí hay mucho de codicia y ambición, ni ser esto o lo de más allá, porque eso condiciona mucho, sino simplemente ser.

Comments (2)

    1. Jaja. Me das una alegría. Esta mañana recibo una llamada desde Bosnia y ahora leo este comentario desde Salchichenland. Vida buena. Tenía puesto el filtro de comentarios y no lo había visto. Cualquier apreciación, como buena lectora y lingüística que eres, házmela saber. Besos.

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