Por un 2018 en silencio

Por un 2018 en silencio

Estoy sin móvil desde hace días. Tengo cierto mono pero no del ruido. No hemos conocido un mundo sin ruido. Veamos: ¡Silencio! (al son de Drexler).

El 29 de diciembre se me estropeó el móvil y me he tomado un tiempo para arreglarlo. Quería probar la experiencia de vivir sin estar pendiente del WhatsApp y del Biwenger. Es tan cierto que pierdes la tradición de desear un buen año nuevo a mucha gente, como que, no pasa nada, si lo deseas más en adelante. Después de cinco días sin aparato, siento una sensación extraña de silencio. No voy a negar que no eche de menos su jugabilidad, pero me he dado cuenta que me distrae un rato largo. «Que si me habrá escrito, que si la última novedad de esto por Twitter». Cuando te has dado cuenta, ha pasado una hora. Y como dice, en La Vanguardia, la escritora Zadie Smith, “no parece saludable pasar nueve horas al día conectados al móvil en Estados Unidos (el tiempo que pasan los millenials es de casi siete horas, según un estudio de rastreator.com)”. Como para no intentar estar en silencio. Porque el ruido es amplio. Que si spam, notificaciones. Y aunque no lo parezca, como más allá del smartphone hay vida, revisar asuntos más profundos como la masculinidad. Aquí hay mucho que observar para envalentonarse y salir del silencio. Esto lo dejo para otro post, que lo merece.

Y es que, volviendo a nuestro «mejor amigo», se nos va la vida mirando a través de la pantallita. Parece que todo hay que hacerlo público. Y a mí, como a Zadie Smith, no me gustaría que un día con 80 tacos supiera que mi dedicación a Google ha sido un cuarto de vida. Porque todo lo que nos aporta La Red es un pozo sin fondo y si no te das cuenta te encuentras inmerso en una espiral de adicción a la comunicación constante. ¿Realmente es tan importante? “Cuanta más información se encuentra a nuestra disposición, más incultos somos en realidad”, dice en La Sociedad de la Ignorancia, Antoni Brey (2011). Realmente, ¿el ciudadano descansa en algún momento de consumir actualidad? Casi lo primero que hacemos (antes de lavarnos la cara y tomar café) es chequear nuestro WhatsApp y Facebook. O entre las 21:30 y las 23:00, una vez cenados y liberados de obligaciones, es tendencia situarse en el sofá, a dos bandas, entre el móvil y la tele. Casi todos hemos pasado por ahí y lo raro es no quedar atrapados por el ruido. Quería llegar hasta aquí para hablar del tema principal de hoy, el silencio.

Germán Huici, filósofo y estudioso del silencio, resalta en la Cadena Ser: “Somos la generación del exceso de poder tecnológico, de información, de educación (aunque suene paradójico)”. Huici afirma que estamos aturrullados porque “a pesar de que nunca ha habido tantos universitarios ni tanta gente que termina el bachillerato, hay un sentir de que toda la educación que recibimos deja un poso de superficialidad. Tenemos incultura por exceso, de tantas cosas que sabemos. Con el exceso perdemos el silencio, perdemos reflexión y no hay pausa para observar lo que hemos pensado”.

Pablo D’Ors, sacerdote y escritor, escudriña el concepto reflexión y ofrece su versión en Biografía del Silencio, un maravilla de libro que publicó en 2012. “Casi ninguna reflexión mueve a la acción; la mayoría conduce a la parálisis. Es mucho más saludable fiarse de la intuición, del primer impulso”, subraya. ¿Para qué dice esto? Para contar como ve la realidad: “Pensamos mucho y vivimos poco”. Muy recomendable su lectura por lo bien que se expresa y por la riqueza de las vivencias que expone sobre su conquista de la meditación, una práctica que lleva a cabo desde hace una década: una hora por la mañana y media por la noche. Declaró a El Norte de Castilla, recientemente, que “el silencio nos cambia a nosotros y la palabra cambia al mundo, nos puede abrir a un horizonte diferente”.

El discurso del hombre de la Iglesia apunta a calmar el interior, algo que parece quimérico y, lo cierto, es que se puede trabajar como el que cincela sus músculos. En ambos casos, para percibir resultados significativos hay que esperar un mínimo de 6 meses. Y es que muchos no hemos conocido un mundo sin ruido ni a nosotros mismos sin miedos. Y todo eso dificulta, claramente, el proceso. Por eso es sano desconectar en la naturaleza, ya sea mar o montaña. Salir de la ciudad. En el mundo rural, allí donde parece que no queda ni el Tato, sacan sillas a las puertas de sus casas y, simplemente, están. Ya lo decía Mariano José de Larra: “Bienaventurados los que no hablan, porque ellos se entienden”.

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